La búsqueda tan trillada pero ineludible: constante, sorprendente, vital. El volcán está despierto, yo lo espero a que me hable, lo espero despierta una y otra vez (hasta que me duermo, claro). Me trajeron aquí los días de un mortal y los besos de sabores.

Sunday, November 14, 2004

Cuernavaca y su zócalo

Es una plaza plana en una calle inclinada. Calculando de memoria, debe ser de unos 100 x 100, pero probablemente me quedo corta. Su mejor hora es la de mayor peligro: las 6 ó 7 de la noche (depende de la época del año), cuando se va a poner el sol y todos los zanates de Cuernavaca parecen regresar al hoyo negro en medio de cada árbol de donde salieron. ¡Peligroso!, especialmente para los sombreros. Como cualquier zócalo que se precie de guardar tradiciones, éste tiene dos circuitos, uno dentro del otro. Imagino las mujeres dando vualtas para un lado en el circuito interior; los hombres para el otro en el circuito exterior. ¡Cuántos abuelitos y abuelitas de nuestro país se conocieron así!, incluyendo los míos.
Adoquines gastados por muchos pies son ahora los que sostienen lo mismo a los ancianos que dan de comer a las palomas, que a los Bánderlux que animan algunos sábados por la noche con los tambores y bailes con fuego. Los enormes laureles que rodean nuestro zocalito dan una sensación de seguridad, como un oasis; los troncos añejos son enormes columnas que parecen decir "aunque el centro de esta ciudad se caiga a pedazos, quedaremos en pie". Las copas, como he dicho antes, son una zona desconocida para el ser humano--- territorio de zanates negros, negros, negros.
El kiosko es bastante grande, y fines de semana toca una banda de valientes tercos. El estilo Art Nouveau nos recuerda que la mejor época de nuestra ciudad ya pasó, y los vendedores, niños, perros, parejas, ancianos y descarriados nos recuerdan que no les importa. Van en las tardes a comprar las cosas baratas que los hacen sentirse millonarios. Por ejemplo: los niños van derecho al puesto de bromas, en la esquina opuesta a la Plaza de Armas, por chicles de ajo y trucos de magia sencilla. Para los papás: boleadores y puestos de periódicos, cigarros, jugos y antojitos (en el primer piso del kiosko), elotes, esquites. Los vendedores a gritos "Güerita, lléeeeve-sele-lote".
Sentarse en elguna de las bancas de hierro forjado (--- pintado de verde :( ---) que bordean los circuitos es como sentarse a ver pasar el tiempo, o mejor dicho, como apropiarse de él, darse el lujo de decir "de aquí soy". Por alguna razón, todos los que pisan el zócalo parecen convertirse otra vez en niños persiguiendo un globo.
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